Incautado, colectivizado, controlado, un testimoni de l’Espanya Industrial col·lectivitzada

Avui recupero una lectura excepcional sobre un interessant episodi de la nostra història recent, les col·lectivitzacions del 1936. Un reportatge amb voluntat documental a una de les fàbriques del nostres barris, la Espanya Industrial. Es tracta del testimoni que l’intel·lectual alemany exiliat, Erich Halpérine Kaminski, va recollir al seu llibre: Els de Barcelona. Una fotografia a tot detall de la revolució social que va tenir lloc a Catalunya a partir del 19 de juliol de 1936. Una meravella de llibre que vaig descobrir gràcies al meu cosí Joan Carles, qui no deixa mai de meravellar-me amb tots els seus coneixements i que tampoc deixa de nodrir la meva biblioteca. Adjunto un fragment del capítol: Incautado, colectivizado, controlado. I ho faig deixant el text en castellà, tal i com l’he llegit.

Incautado, colectivizado, controlado.

(…)

Las fábricas España Industrial son las mayores fábricas textiles de España; en ellas trabajan mil ochocientas personas, la mayoría mujeres. Antes de la Revolución la empresa era una sociedad anónima que el año pasado aún pagaba el seis por ciento de los dividendos. La fábrica es muy moderna y tiene unas instalaciones casi perfectas.
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Producció a la España Industrial durant la col·lectivització 1936. Fons AFB. Autor desonegut
Los directores continúan trabajando como técnicos, y perciben un salario de mil pesetas al mes. La dirección propiamente dicha está a cargo del consejo de fábrica que se compone de diecinueve obreros y empleados elegidos por el personal. Tres de sus miembros se ocupan de las cuestiones financieras, tres de la venta, cuatro de las compras, cuatro de las cuestiones técnicas, cinco de los asuntos de personal. Todos son hombres, ninguna mujer forma parte del consejo.
El trece por ciento de los gastos generales que antes servía para pagar los sueldos de los miembros de la junta directiva, han sido economizados. Los miembros del consejo de fábrica no perciben ninguna remuneración por su cargo, simplemente cobran su salario normal de obrero.
La producción continuúa siendo la misma. Pero la venta ha disminuido considerablemente y deben almacenar gran parte de la mercancia. El consejo de fábrica quisiera aumentar los precios, pero el gobierno no lo permite.
Escasean las materias primas. El algodón que llegaba de los Estados Unidos, se vendía ya antes de la Revolución a cambio de dólares, y ahora, con la devaluación de la peseta, ha doblado el precio. Se espera recibir algodón de Argentina, quizás a cambio de productos manufacturados. También tratan de vender mercancías a los países balcánicos.
Los sueldos de las mujeres oscilaban antes entre 45 y 55 pesetas por semana, y los de los hombres entre 52 y 68 pesetas. Del quince por ciento del aumento, nadie deja menos del diez por ciento en su sindicato, para la guerra, y la mayoría dejan el quince por ciento entero.
En caso de accidente o enfermedad se continúa cobrando el sueldo íntegro y durante un tiempo ilimitado. Al cumplir sesenta y cinco años los obreros y obreras eran jubilados y cobraban quince pesetas por semana. Ahora el retiro ha sido aumentado a veinticico pesetas por semana. 
Hasta ahora todos los pagos salen de la tesorería y de las cuentas bancarias de la empresa. Las ganancias no son suficientes. Dentro de poco se verán obligados, como en otras empresas, a recurrir a préstamos del gobierno.
Antes de la Revolución, un poco más de la mitad de los trabajadores estaban organizados, y de estos, tres cuartas partes pertenecían a la CNT y una cuarta parte a la UGT. Ahora están todos organizados y las proporciones continúan siendo las mismas. Cada sábado hay una reunión donde se discute todo lo relativo a la fábrica.
Las instituciones sociales conquistadas por los trabajadores durante la República són excelentes. Hay un dispensario, atendido continuamente por dos médicos, y una guardería donde las madres pueden dejar a los niños durante las horas de trabajo; para ocuparse de ellos tienen media hora libre por la mñana y media hora por la tarde. También hay una maternal. La guardería y la maternal estaban dirigidas por monjas, ahora, reemplazadas por enfermeras profesionales. Los obreros también quieren instalar una escuela. Han decidido emplazarla en los salones que hasta ahora ocupaban los directores.
Los obreros comen en un refectorio y cada uno se trae sus provisiones. Los hombres y las mujeres están juntos. Hay fogones eléctricos y fregaderos, pero no hay cocinas.
He pasado muchas horas en la España Industrial, y he tenido ocasión de conversar con muchos trabajadores y trabajadoras. Casi todos ellos trabajan aquí desde hace mucho tiempo. Tienen una especie de patriotismo de empresa. Les gusta su fábrica y cuando se les pregunta qué clase de mejoras quisieran, casi todos dan las mismas respuestas generales y vagas: libertad para todos, socialismo, fraternidad. Algunos pocos reivindican instituciones culturales.
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Treballadores de la España Industrial confeccionen un estandart de la CNT – FAI durant la col·lectivització
1936. Fons AFB. Autor desonegut
Fuera de algunos viejos anarquista, la mayoría han tomado parte en las últimas elecciones. Es interesante subrayar que los miembros de la CNT no han votado la mayoría por ninguno de los dos partidos obreros marxistas, sinó por la democrática Esquerra. Ahora todos están a favor de la fusión de los sindicatos anarquistas y socialistas. Y también, con poquísimas excepciones, se manifiestan partidarios del salario único, lo que corresponde a las ideas de los anarquistas.
No existe la menor duda sobre las convicciones revolucionarias de estot obreros y obreras. Los hombres funden voluntariamente los viejos metales que encuentran por la fàbrica, y que pueden servir para la guerra. En cuanto a las mujeres, es difícil calibrar hasta que punto comprenden los problemas de la Revolución.

Pots llegir la notícia original a la pàgina Memòria de Sants: